No somos iguales

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Uno de los argumentos típicos para incentivar el patrioterismo barato en Colombia es ese que dice que somos un país rico en biodiversidad y que, por ello, somos diversos. El argumento no sólo es tonto porque no es gracias a los ciudadanos que tengamos biodiversidad, de hecho es gracias a estos que cada vez tenemos menos, sino también porque Colombia, a pesar de que podría, es un país poco diverso o que no sabe aprovechar e incentivar la diversidad.

Vivimos en un territorio que lo tiene todo en cuanto a diversidad: climas, geografía, variedad de flora y fauna. Pero sobre todo somos una nación con varias etnias y con diferentes culturas. Sin embargo la homogeneidad ha sido la regla que se ha impuesto y se pretende imponer en todos los rincones del territorio. Desde tiempos de la conquista se nos ha metido la idea de que todos debemos ser católicos, blancos, trabajadores estilo americano y “colombianos”, cuando nadie sabe qué es serlo. Y he ahí una de las más grandes causas de nuestros problemas.

La falsa homogeneidad tiene varios orígenes, entre ellos, el catequismo católico, el centralismo administrativo y el arribismo, estos y otros tantos nos han convertido en un país que no sólo desprecia lo distinto sino que no aprovecha lo diferente para crecer. Un país en el que ser y  pensar  por fuera de la regla general es un acto o un hecho peligroso porque trae consigo rechazo, violencia y exclusión. Los ejemplos  son ilimitados, pero sólo basta con ver la actualidad de la población indígena, afro u homosexual para entenderlo. Y ni hablar de estar por fuera del discurso políticamente correcto o criticar instituciones “intocables” como el ejército.

Carecemos de los valores de lo diferente, de la crítica, de la contradicción sana de ideas y estilos de vida, de la inclusión al que no es como yo. De la comprensión de que no hay un solo camino ni una sola verdad. Y cuando nos encontramos con que sí tenemos miles de mundos habitando en un mismo lugar no optamos por la curiosidad, por compartir las diferentes perspectivas, como cuando dos personas de distintos países se conocen, sino que caemos en el rechazo, el miedo, la desconfianza o la imposición.

Un ejemplo de lo anterior es ese estúpido odio de los regionalismos. En vez de crecer a partir de esa magnífica diversidad cultural, caemos en la pelea adolecente de que ser paisa es mejor que ser rolo o que los costeños son unos perezosos y los llaneros unos arrieros. Todas esas disputas ridículas no son más que la mejor prueba de que no sabemos enfocar los beneficios de la diversidad.

La diversidad trae consigo, cuando es valorada como algo positivo, progreso. Porque dos maneras de ser y pensar diferentes, que se retroalimentan, no logran otra cosa que reglas sanas de convivencia. Cuando se comprende que el de al lado no tiene que ser igual a mí, se logra la aceptación de lo distinto y con ello paz y respeto. Cuando dejamos de lado el aislamiento racial o étnico se genera riqueza cultural que finalmente es la riqueza más valiosa de todas.

Colombia no ha sabido aprovechar nada de ello y la gente se sigue empeñando en desear un modelo uniforme de sociedad, uno como el que quieren los jerarcas de la iglesia o los arribistas. Ése en el cual sólo las parejas que para ellos son las “naturales” pueden formar una familia; ése en el que los niños blancos son los que dirigen el país y las mujeres negras las que sostienen las bandejas de plata de las señoras de bien. Aquél en el que las mujeres son objetos sexuales y reproductivos que deben tener lista la comida para cuando el hombre llega a casa después de trabajar incontables horas mal pagadas. Ése país en el que lo que es diferente se entiende como peligroso, y por lo tanto vale la pena atacarlo y violentarlo. El país en el que la gente se mata todos los días porque uno se llama militar, el otro paramilitar y el siguiente guerrillero.

Quizá la falta de inmigración junto con la mentalidad conservadora y centralista ahoguen las posibilidades de ser un país diverso e incluyente. Quizá la idea adolecente de querer imponer mi cultura y menospreciar la de los demás sea una de las causas de un regionalismo dañino. Y quizá ese sueño de ser “colombianos” entendido como un todo homogéneo, sea una de las razones por las cuales no sepamos el verdadero significado de la palabra compasión. Quizá.

Por ello si sigue reinando el miedo a lo distinto y la regla de la uniformidad, si sigue queriéndose que todos sean como algunos dicen que todos debemos ser. Si la diversidad no es causa de crecimiento sino de exclusión y violencia, seguiremos siendo, cómo no, uno de los países más desiguales del mundo. Sí, he ahí otra paradoja.

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Abogado y escritor. Director de elantagonista.com. Follow him on Twitter / Facebook.

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